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Arantxa y Lulú, 2014
Arantxa y Lulú, 2014

A veces, la terapia no trata de «sentirse bien» de inmediato, sino de tener el valor de mirar de frente aquello que nos duele. Como psicóloga, acompaño a diario a personas que se sienten atrapadas en nudos que la palabra no logra deshacer. Pero hoy no escribo desde la consulta, sino desde mi propia vivencia.

La imagen congelada

Durante casi un año, he cargado con una imagen que se quedó impregnada en mi memoria: una veterinaria joven quitándome a mi perrita de los brazos en un hospital, unas horas antes de que la hicieran una cirugía. Fue la última vez que la vi con vida.

Esa escena se convirtió en un «trauma congelado». Cada vez que volvía a mi mente, traía consigo una culpa asfixiante. Me preguntaba si me había equivocado, si debí haberla traído a casa, si aquella última prueba fue necesaria. Esa imagen me robaba la paz, recordándome un momento de impotencia absoluta.

Brainspotting: Donde el cuerpo recuerda

Hace unos días, decidí trabajar este nudo a través del Brainspotting, concretamente mediante la «mirada espontánea». Es una técnica que permite al cerebro acceder a áreas profundas donde el trauma está encapsulado, más allá del razonamiento lógico. Al sostener la mirada en un punto fijo, sin el «bastón» de las palabras constantes, mi sistema nervioso empezó a hablar.

Lo que sucedió no fue un proceso racional, fue una catarsis física.

De la culpa a la valentía

Al quedarme ahí, sosteniendo esa imagen dolorosa con el acompañamiento silencioso y firme de otra profesional, la escena empezó a transformarse:

El cambio de perspectiva

La imagen de aquella veterinaria saliendo a la sala de ingresos y arrancándome a mi perrita de los brazos para dejarla allí hasta su cirugía al día siguiente. Ese fue el instante que se quedó congelado en mi retina, concentrando todo mi dolor, mi miedo y mi pérdida. Sin embargo, al sostener la mirada en el punto fijo, esa escena empezó a desvanecerse. Vi cómo la veterinaria se alejaba de la escena; seguía presente, pero de forma borrosa, perdiendo su nitidez y, sobre todo, su poder sobre mí.

El reencuentro

En ese espacio de seguridad, volví a estar con mi adorada perra. Pude acariciarla, besarla y, sobre todo, hablarle desde la verdad.

La integración

Entendí que no hubo un error, sino un acto de amor radical. Arriesgamos juntas porque ella merecía esa oportunidad. En lugar de culpa, apareció la valentía: la de ella y la mía.

La reflexión: El dolor es dolor

Entiendo que el dolor es dolor, con la misma legitimidad con la que la alegría es alegría. Ninguno de los dos es un estado permanente, aunque el trauma nos haga creer que estamos atrapados. Todo en la vida es transitorio; las emociones son como las estaciones de un mismo ciclo. Sentir la amargura no es un fallo del sistema, es lo que nos da la capacidad de saborear la dulzura.

No somos lo que sentimos, sino el espacio donde todo eso sucede.

No somos lo que sentimos, sino el espacio donde todo eso sucede.

Lo que queda al otro lado

Hoy, esa imagen de aquella joven veterinaria, precipitada, hostil, ya no me asalta. Se ha diluido. Lo que queda es la certeza de que el dolor es dolor, y la única forma de que deje de ser un trauma es permitiéndonos atravesarlo.

He aprendido que merecía la pena pasar por todo ello si había una sola oportunidad de ayudarla. Al final, lo que nos queda no es el vacío de la pérdida, sino el orgullo de haber sido valientes juntas.

Esta es la esencia de mi trabajo: acompañar a otros a encontrar esa puerta de entrada hacia lo que un día quedó congelado. Porque cuando nos atrevemos a sostener la mirada ante lo que nos asusta, el nudo se deshace y logramos, por fin, volver a habitarnos con paz.

Probablemente, mientras leías estas líneas, ha aparecido en tu mente una imagen propia. Un momento, un gesto o una pérdida que, como la mía, se quedó congelada en el tiempo. Quizá sea algo que has intentado «arreglar» mil veces. Tal vez has pasado por procesos donde has hablado mucho del tema, pero has sentido que la activación seguía ahí, intacta en tu pecho o en tu estómago.

Es posible incluso que alguna vez buscaras ayuda y el resultado fuera iatrogénico: que el intento de sanar acabara abriendo más la herida, dejándote con la sensación de que es mejor no tocar nada, de que es preferible dejar ese nudo donde está, aunque nos quite aire.

Es normal sentir que ese nudo es parte de nosotros. Pero hoy, tras mi propia experiencia, me gustaría invitarte a una reflexión: ¿Y si ese dolor no se ha ido no por falta de voluntad, sino porque todavía no hemos encontrado la puerta de entrada adecuada?

No se trata de forzar, ni de volver a pasar por el trauma de la misma manera. Se trata de entender que existen caminos, como la mirada, que permiten que el cerebro procese lo que la palabra no pudo. A veces, la mayor valentía no es intentar «solucionar» el problema a la fuerza, sino atreverse a sostener la mirada una vez más, pero esta vez con la técnica y el acompañamiento que tu historia merece.

Porque el dolor que se atraviesa no se olvida, pero deja de doler. Y al otro lado, siempre, nos espera nuestra propia libertad.

Porque el dolor que se atraviesa no se olvida, pero deja de doler. Y al otro lado, siempre, nos espera nuestra propia libertad.


Arantxa Torres

Psicóloga General Sanitaria · Especialista en Terapia Breve Estratégica · Trauma y Brainspotting · Psicoterapia de Alta Intensidad online · Miembro ASEPCO