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Hay una valentía que se celebra. La que viene con adrenalina, con el salto al vacío emocionante, con el aplauso al final. Esa valentía tiene buena prensa.

Esta es otra valentía.

La valentía más silenciosa

La que yo conozco es más silenciosa y más pesada. Es la que se construye después de años estudiando para una oposición que no termina de abrirte la puerta. Después de quedarte a las puertas, una vez y otra. Después de ver cómo el sistema decide quién es válido y quién no, con 280 plazas para más de 4.000 personas que han entregado años de su vida a ese objetivo.

Durante mucho tiempo creí que si no tenía esa plaza, no tenía permiso para ejercer con autoridad. Que el PIR era la única vía hacia la excelencia clínica. Que sin ese sello, algo en mí estaba incompleto.

Me equivocaba.

Vergüenza de ejercer fuera del molde

Mientras esperaba, me formé. Con Nardone en Italia. En trauma y Brainspotting. En psicología transpersonal. Trabajé en una fundación con personas en riesgo de exclusión social, con las problemáticas más complejas que existen. Aprendí en trinchera lo que ningún aula puede enseñar.

Y aun así, cuando decidí abrir mi consulta y mostrarme públicamente, sentí vergüenza. Una vergüenza real, concreta. Sabía que me miraban compañeros con plaza, profesores de academia, otros opositores. Sabía que al publicar sobre Brainspotting me iban a cuestionar. Que al citar a Barlow o a Clark iban a revisar si realmente los conocía o solo los nombraba.

La decisión de quedarme

Me quedé. No abrí otra cuenta. No cambié de nombre. No me escondí.

Esa decisión de quedarme, de mostrarme exactamente donde me podían ver quienes más me incomodaba que me vieran, fue el acto más valiente que he hecho en esta profesión. No porque fuera fácil. Sino porque no lo era.

Podría seguir intentándolo. Y si soy honesta, creo que si quisiera, lo conseguiría. Nunca he dudado de eso. Pero algo ha cambiado en el camino.

Haber llegado hasta aquí, paradójicamente, me ha hecho entender que todo el proceso era necesario. Cada año de estudio, cada examen, cada vez que me quedé a las puertas. No como consuelo, sino como verdad: ese recorrido me trajo exactamente hasta este punto. A explorar otras vías del conocimiento que nunca habría explorado desde dentro del sistema. A elegir con quién formarme y en qué profundizar. A construir, con práctica deliberada y ambición real, un modelo propio.

Y hoy, con todo lo que esto implica, no lo cambiaría por nada.

La excelencia tiene más de un camino

Eso no significa que el PIR no valga. Significa que la excelencia clínica tiene más de un camino. Y que a veces el que parece el desvío es el que te lleva más lejos.

Hoy sé algo que no sabía hace unos años: la excelencia clínica no vive solo en el sistema público. Nardone no es PIR. El Brainspotting no nació en un hospital español. El conocimiento clínico real se construye de muchas formas, y algunas de las más exigentes están fuera del itinerario oficial.

Los psicólogos también somos vulnerables

Cuento esto porque soy psicóloga, y los psicólogos también somos vulnerables. También dudamos, también sentimos que no somos suficientes, también necesitamos atravesar nuestros propios miedos para poder acompañar a otros en los suyos.

No lo cuento para inspirar. Lo cuento porque es verdad. Y porque creo que hay algo muy pobre en una profesión que solo muestra su cara resuelta y nunca su proceso.

Si estás leyendo esto y reconoces algo de lo que describes, ya sea el agotamiento de esperar un permiso que no llega, la vergüenza de ejercer fuera del molde establecido, o simplemente las ganas de construir algo propio desde lo que realmente sabes, entonces ya sabes que este no es un espacio de respuestas perfectas.

Es un espacio de personas reales.

Arantxa Torres.